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 Relato breve de un encuentro (El Diablo Cojuelo)    -     Visita al Museo militar (Coronel D. José Navas)  

Relato breve de un Encuentro  -  El Diablo Cojuelo (Fernando Jacinto de la Cuesta)

Este viejo Diablo, ha vuelto a abandonar su apreciada atalaya para desplazarse, acompañado como siempre de su esposa, hasta allá donde los antiguos creían que se acababa la tierra, el Finís Terrae, a fin de compartir junto a otros muchos compañeros, un fin de semana inolvidable. La verdad es que allí no se acaba la tierra, pero se acaban las palabras para poder relatar las sensaciones vividas en este nuevo Encuentro Nacional, de manera que habéis de perdonar mi mermado vocabulario con el trataré de exponer cuanto allí me ha sucedido.

Tras unas horas de viaje, en el que tuve la oportunidad de contactar telefónicamente, con otros compañeros que desde distintas zonas de España se dirigían a Galicia, arribamos, a primera hora de la tarde, a la ciudad que presume al decir “Que nadie es forastero”, La Coruña, sede de este VI Encuentro Nacional de Veteranos del Sahara. A la llegada al Hotel, los primeros saludos, los primeros abrazos, el reencuentro con los nuevos-viejos compañeros, el acomodo en nuestras habitaciones y la entrega por parte de los organizadores de los primeros obsequios, (aquí su buena intención, se topó con la climatología, esperamos utilizar el chubasquero y el paraguas en otra ocasión), mapas folletos, pañuelo de peregrino, llavero conmemorativo y excelente bolígrafo para tomar nota de todo lo que nos esperaba por disfrutar, todo ello dentro de una bolsa especialmente decorada con el motivo del Encuentro.

Una primera descubierta a la hora de la cena, nos permitió recorrer la impresionante, en su majestuosidad, Plaza de María Pita y zonas próximas a ella, como: Los Cantones, La Marina, la Calle Real y gran parte del Paseo Marítimo. Sentimos no prolongar más tan agradable paseo pero la hora de Diana al día siguiente, nos imponía recogernos a una hora prudencial.

A primera, primerísima hora, desayuno y todos al autocar, nos esperaba un viaje hasta el Campo de las Estrellas, lugar en el que se encuentra, el sepulcro de aquel al que conocíamos como Matamoros y que ahora por eso de la corrección política, ha perdido tal apodo, ahora simplemente es Santiago, menos mal que todavía sigue siendo el Patrón de España. Apresurado trayecto hasta la Catedral, va a comenzar la misa y cabe la posibilidad de que nos dejen a las puertas de la misma. Lo logramos, llegamos a tiempo. Por todo el interior del templo, los saharianos se sitúan estratégicamente para seguir el desarrollo de la misma.

Nuestro compañero Román Martínez, es el encargado de leer la invocación al Apóstol, en la que le pide la bendición y amparo para todos estos viejos chalados y sus familias, extensiva a los que en esta ocasión no han podido acompañarnos. Tras la ceremonia religiosa, el espectáculo del vuelo del Botafumeiro. Hemos cumplido la primera parte del apretado programa, ahora todos a la Plaza del Obradoiro para la foto de familia. Foto en la que contamos con unos invitados de excepción que se unieron a nuestro Grupo, el General Coloma y otros Oficiales y soldados del Grupo de Operaciones Especiales de Alicante, que hasta allí se habían desplazado en un particular Camino Xacobeo de más de mil kilómetros. Este General, Ceutí y por ende “caballa”, confraternizó con todos nosotros y con nuestras esposas, con las que amablemente se avino a posar para ser fotografiado, cuantas veces le fue requerido (fueron muchas) al igual que el resto de sus subordinados.

Tras la sesión fotográfica, un par de horas de tiempo libre para efectuar compras de productos típicos y para refrescar el gaznate, las emociones y el fuerte calor así nos lo demandaban. Otra vez a los autocares, hay que desplazarse al restaurante donde iba a tener lugar el almuerzo.

Magnifico local, impresionante el abigarrado comedor donde más de doscientos comensales, fuimos deleitados con un excelente menú, en el que no faltó el acompañamiento de un soberbio Albariño que contribuyo, aún más si cabe, al buen desarrollo del acto.
De nuevo los obsequios, esta vez le toco el turno a las peladillas de nuestro amigo Daniel Pastor, el Cabo peladilla, ¿alguien tiene duda de porqué le llamamos así? Por Él y por tantos otros levantamos nuestra copa a la hora de los brindis. Segunda parte de la jornada completada, aún nos quedaban emociones por delante.

Desde allí nos trasladamos de nuevo a La Coruña, hasta el Museo Militar en donde fuimos recibidos por su Director que nos acompañó en un breve recorrido por las instalaciones. Durante el mismo se incorporó a la visita el General Aparicio, máxima autoridad militar de la zona, que nos hizo el honor de inaugurar la exposición denominada “El orgullo de ser soldado en el Sáhara Español”, primera ocasión en la que las fotografías de los Veteranos se exhiben públicamente gracias a la ingente labor de un grupo de compañeros que han puesto su trabajo y dedicación para que la misma se lleve a cabo.

El General nos dedicó unas cariñosas palabras, en las que recordó su breve paso por el BIR nº 1 y por la Agrupación de Tropas Nómadas hasta la salida del territorio. Posteriormente, ante la estatua que recuerda a Diego del Barco, uno de los Héroes Locales en la Guerra de la Independencia, situada en los jardines del Museo, tuvo lugar un acto de recuerdo a los caídos, con la colocación de una ofrenda floral por el propio General al que acompañó el más ilustres de nuestro Veteranos, el compañero Abraham. Para finalizar, unos disparos de cañón realizados por personal ataviado con uniformes de la campaña contra las fuerzas invasoras de Napoleón, nos sorprendió, aturdió y entusiasmo con su estruendo, ya que la primera salva nos pilló por sorpresa y a más de uno, se le cayó la cámara con la que estaba inmortalizando el acto.

Nos quedaba el último acto de manera que, otra vez a los autocares y de vuelta al hotel, teníamos escaso tiempo para asearnos y acicalarnos, pero parece que fue suficiente, pues al poco tiempo ya estábamos todos listos para partir a cenar. Nosotros los hombres, hicimos lo que pudimos en nuestra sobriedad y las mujeres nos apabullaron, como no podía ser menos, con su belleza y elegancia.

Desde el hotel nos trasladamos hasta el Restaurante El Pantano, en la localidad de Abegondo. Estaba lejos, pero como dicen por estas tierras, ¡¡que carallo!! mereció la pena. Allí nos esperaba una grata sorpresa por parte de otro compañero, el vallisoletano Jesus Duque, que haciendo gala de una vena fallera para mí desconocida, nos sorprendió con una estruendosa traca y un pequeño festival de fuegos artificiales.

Y para traca la que se nos presentó una vez sentados a la mesa. Una cohorte de camareros enfilo desde la cocina portando platos y más platos de exquisito marisco, mejillones al vapor, centollos, nécoras y como broche de oro, unos sabrosísimos percebes de los que repetimos cuanto quisimos, a los que siguió un fantástico rape en salsa. Un fresquísimo sorbete de limón para desengrasar y acometimos la ternera gallega y el cordero asado. Como colofón un maravilloso postre a base de milhojas de fresa y helado.

Para el brindis, como no, saboreamos el fabuloso cava, con el que fuimos obsequiados, una vez más, por el amigo Joan Martínez Esquius. Luego nos ofrecieron una selección de fotografías retrospectivas de los asistentes, ante el natural jolgorio general y el compañero Donato Piqueras nos ofreció en primicia la canción que ha compuesto por y para nosotros.

Y el broche final lo pusieron ellas, las Veteranas, las incansables, las más avezadas bailongas. Supieron resistir hasta el final, cerca de las tres de la madrugada, mientras nosotros agotados, no teníamos por menos que preguntarnos, ¿pero de que pasta están hechas nuestras mujeres?

Y llegó el Domingo, con apenas tres horas de sueño a nuestras espaldas, poco a poco nos fuimos arrastrando hasta el salón del desayuno, allí las primeras despedidas, los primeros adioses a los compañeros que debían regresar a sus casas y no nos podían acompañar en la excursión dominical. A eso de las nueve, emprendimos caminos rumbo a la última frontera, al final del territorio conocido, al Finisterre. A fe que estaba lejos, lo que más de uno aprovecho para dormitar en su asiento y tratar de recuperar el sueño atrasado. Caminamos por carreteras que nos permitían apreciar en toda su belleza el paisaje de la zona, verdes praderas, fragas impenetrables de las que asomaban las correidoiras portadoras de abundante agua. Bellos parajes y recoletas aldeas en el camino.

Por fin avistamos el Atlántico, quien lo diría, en este día se parecía más bien el Mar Menor, tranquilo como una balsa. Gracias al magnifico día que en lo climatológico se nos había presentado, nuestra vista alcanzaba hasta los puntos más lejanos del horizonte. Por fin una parada en Cee, podemos hacer un avituallamiento, sobre todo de café, queremos estar bien despiertos cuando llegamos a nuestro destino.

Otros pocos kilómetros y ya lo vemos, el impresionante faro de la punta más septentrional de nuestro País se presenta ante nosotros y a sus pies los acantilados que en día de galerna son barridos por el enfurecido Océano, pero que hoy presentan un aspecto tranquilo y reposado.
Desde tan impresionante atalaya, para si la quisiera este Diablo, observamos las poblaciones cercanas diseminadas a lo largo de su escarpa costa. Pero el tiempo apremia y tenemos que llegarnos hasta Muxia. Primero al Santuario da Barca y las Piedras e intentar pasar por debajo de la Piedra dos Cadris, para librarnos de dolores presentes y futuros.

De regreso al núcleo de la población, visitamos el Museo del Voluntariado, testimonio de aquellos que lucharon contra el chapapote del Prestige, impresionante en sus imágenes y en el recuerdo de aquellos trágicos días.

Pero ya se nos echaba encima la hora de comer, con tantos y tan ajetreados momentos, nuestros estómagos nos estaban pidiendo a gritos algo sólido para llenarlos. Y de nuevo nos pusimos en marcha, hacia Camariñas, otra vez la sinuosa carretera, esta vez nos conduce hacia la Capital del Encaje.

A la entrada del Restaurante donde íbamos a comer, nos recibe un grupo folclórico que, a ritmo de gaitas y tambores, nos saludan y dan la bienvenida a la localidad. Y de nuevo la desmesura, otra vez nos sobrepasan a base de comida y más comida. Tras un aperitivo a base de empanada y otras menudencias, empieza el desfile de comida, me vais a permitir que os dé un dato que me facilitó el cocinero del establecimiento: nos había preparado 70 kilos de pulpo, 70 kilos de almejas, 50 kilos de pescado variado y 60 kilos de carne. Y casi acabamos con todo, la pena fue la carne, que no nos la pudimos comer por culpa de un nudo que a todos se nos puso en la garganta, bendito nudo.

Estábamos por las postrimerías de la comida cuando, ¡¡sorpresa¡¡, aparecen en el salón una serie de SEÑORAS, así con mayúscula, pertenecientes al Coro Femenino de Camariñas, del que forma parte la esposa del compañero Juan Piñeiro, nuestra amiga Flora, a la sazón organizadores de la excursión a esa su zona.

Tras su presentación, pasaron a interpretar una serie de temas, canciones en gallego y castellano, habaneras, etc. Allí estábamos todos nosotros, pendientes de su actuación, aplaudiendo su buen hacer y el rato que nos estaban haciendo pasar. Pero hasta aquí llego la alegría, solicitaron a la compañera Flora que abandonara el coro. Al parecer iban a interpretar un tema del que ella era desconocedora.Con la música del famoso tema “La Rianxeira”, la Directora del Coro, había adaptado una letra especial para la misma, su mérito consistía en haberla escrito y ensayado en apenas un par de horas.

Y el Coro fue desgranando sus notas y los Veteranos presentes, así como sus esposas desgranaron las suyas, estas en forma de lagrimas, quien más quien menos iba recibiendo las notas de la canción al tiempo que luchaba por contener esa lágrima furtiva que pugnaba por escaparse, pero que al final dejaba correr libremente por su mejilla.

Fue inenarrable, una catarsis colectiva, un momento inolvidable que a buen seguro todos mantendremos en nuestra retina hasta el final de nuestros días, es ahora al describirlo y siento una emoción especial.

Amigos que sorpresa, que gozada, que lujo. Al acabar la canción las palmas no es que echaran humo, es que directamente ardían, fue un aplauso largo, sentido, como los que dedican en los grandes coliseos a los divos del canto, allí la emoción era de ida y vuelta, nosotros por lo que en aquellos momentos habíamos sentido y las damas del coro por el placer de contemplar que su canción había calado hondo. Para rematar la faena, nos acompañaron, esta vez ellas a nosotros, en la interpretación de nuestra ya mítica canción “Las Cosarias” y de nuevo los aplausos y la intensa ovación de despedida hacia las componentes del Coro.

Como me dijo un Loco que por allí pululaba aguantando el tipo, “Chacho, ¡¡que momento¡¡”

Pero el tiempo seguía corriendo y los compañeros que ese día viajaban en avión, se tenían que marchar anticipadamente, otra vez las despedidas, los abrazos, el hasta pronto.

Mientras el resto de nosotros, ya más pausadamente, pudimos deleitarnos con la visita al Museo del Encaje y a dos Asociaciones de Palilleras, que así es como se denominan aquellas que se dedican a este viejo arte del encaje de bolillos. Llegado el tiempo de regresar, nos despedimos de aquel lugar que quedará por mucho tiempo presente en nuestros corazones.

El resto fue viajar hasta La Coruña, nuevas despedidas, una breve cena con los compañeros y a descansar, lo teníamos merecido, había sido otro día pleno de actividades y emociones. Ya por la mañana las últimas despedidas y otra vez a la carretera, de vuelta a casa.

Han sido pocos días, pero de una gran intensidad, ahora hemos de reposar los recuerdos, revisar fotografías, arrepentirnos de no haber podido estar más con este o aquel compañero al que solamente vimos de pasada y no haber podido charlas todo lo que hubiéramos deseado.

Para finalizar no quiero felicitar a los Organizadores, han hecho lo que debían y lo que de ellos se esperaba, quiero que mi felicitación sea para todos los que de una u otra manera, contribuyeron, contribuyen y contribuirán al desarrollo de este, de pasados y de futuros Encuentros: los VETERANOS DEL SAHARA Y SUS ESPOSAS.

Un saludo y recordar, os sigo vigilando, a todos.
_________________
El Diablo Cojuelo/fjdelacuesta


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VI ENCUENTRO NACIONAL DE VETERANOS DEL SAHARA - Coronel D. José Navas

Aparecieron en el Museo Histórico Militar de La Coruña con sus mochilas rebosantes de espíritu sahariano; venían de todos los rincones de España convocados por una página web y con un único denominador común: “El orgullo de haber cumplido su Servicio Militar en el Sahara Español”.

Servicio y milicia fueron dos palabras que brotaron de sus generosos corazones, en la soledad y en la inmensidad de la negra noche en el desierto, más cerca de un cielo inmensamente estrellado y dueños absolutos del silencio y del tiempo.

Allí, bajo el siroco, y mientras sacudían la arena de sus nailas, nacieron dos virtudes en aquellos chavales que hoy, sin que los detenga la huella del tiempo, disfrutan de volver a compartir: Camaradería y Compañerismo. Dos valores que surgieron cuando carecían de casi todo y lo poco se compartía, para quedar de por vida en la garita de sus corazones, como demuestra esta Hermandad.

En este “Finis Terrae”, donde concluyen todos los caminos ante el muro oceánico; ellos, tras dejar patente su cristiana devoción al Apóstol, han buscado un recinto militar donde compartir su espíritu con el de aquellos soldados que escribieron nuestra historia con su testimonio de sacrificio y valor.

La casualidad quiso que, precisamente ese día, se celebrase en el ambiente cultural coruñés, el “Día Internacional de los museos” con un lema tan expresivo como “Museos para la armonía social”; un espíritu que practican naturalmente estos veteranos, conscientes de que no hay mejor método para la armonía que este testimonio de patriotismo, de servicio a la sociedad en la milicia y de auténtica fraternidad.

Lo supieron expresar admirablemente en una exposición fotográfica que inauguraron en este museo, con los muchos recuerdos de unas vivencias que, menospreciando el paso de treinta, y hasta cuarenta años, aún brillaba en sus ojos, como la marca imperecedera de una experiencia irrepetible.

Un capricho del azar llevó sus destinos hasta aquellos arenales infinitos, aquellas perdidas bases avanzadas, y los convirtió en la Vanguardia de España. Una España diferente, pero España, gracias a ellos que se sintieron sus privilegiados vigilantes.

Al mojar sus pies en la playa y traspasar el arco del BIR, se encontraron en el Sahara con todo lo desconocido, y pasaron bruscamente a formar parte sustancial de un mundo extraño, en medio del más duro paisaje.

Pero lo superaron felizmente y esa fue su hazaña: una proeza lograda con sacrificio y con rigor; una dura prueba de adaptación a aquél ejército que en poco se parecía a los cuarteles conocidos y en aquél terreno lejos de todo, y muy especialmente de todos sus seres queridos; hasta convertiros en unos modélicos soldados.

Allí fueron dueños de un tiempo que pasaba demasiado lento, casi parecía detenerse, en medio del aislamiento y la soledad. Tuvieron que aprender a sobrevivir en el desierto, conocer el valor de lo imprescindible, convivir con nativos salvando barreras culturales; e incluso sentir la alarma, el riesgo y los nervios de la amenaza enemiga.

Allí conocieron un ideario nuevo: de sacrificio absoluto, de religión del honor, y de cumplimiento del deber, que siempre fue la ley de los mejores soldados.

En definitiva; aquellos felices licenciados que volvían a casa, no eran los mismos después de una aventura tan extraordinaria como inolvidable.

La historia de unos soldados como aquellos que en Edchera, escribieron el 13 de enero de 1958, una de las páginas más gloriosas de la XIII Bandera y de la Legión: la gloria de dos Laureadas de San Fernando, a costa de casi un centenar de bajas.

Por eso, cuando en medio de un impresionante respeto, celebraron su Acto a los Caídos ante la estatua del héroe coruñés de la Guerra de la Independencia Diego del Barco; nada mejor para expresar su emoción que los versos del poeta General Luis López Anglada para definir con solo un soneto toda la gloria de aquellos soldados saharianos:

José Navas Ramírez-Cruzado;

Edchera

Hasta aquí llegó España, se podría

hacer una bandera ensangrentada

con el sol de esta arena calcinada

y la sangre que en rojo la teñía.


La tierra del desierto no sabía

sino del poderío en la pisada.

Habló el valor y se quedó clavada

la razón, para siempre de la hombría.


Hasta aquí llegó España, la frontera

se convirtió en altar donde tuviera

lugar la cruz, en el desierto, a solas.

Y ahí está; coronada por el viento,

alzando para siempre el monumento

de las eternas tumbas españolas.

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