Villa Cisneros, 7 de Enero de 1.976

Sin darnos tiempo a reaccionar comenzó a tocar el “Silencio Americano Floreado”.
           
Sin excepción atropelladamente salimos del hangar y nos quedamos “petrificados”. ¡Todos! Legionarios, civiles, mujeres y niños. Todos salimos al exterior para ver incrédulos lo que estaba ocurriendo.
            Carmelo se había convertido en “estatua”. Solamente sus dedos movía martilleando las teclas de la trompeta.
            Tocaba como los ángeles. ¡Creo que se oía en toda España! Ni siquiera una mosca interrumpía la balada. Los corazones se encogieron y las lágrimas imparables rodaron por nuestros curtidos rostros.
           
Ahora sí, ahora lo hacía perfecto. ¡Hasta la trompeta suspiraba! El muy canalla sabía que nos había partido el alma y que aquel “silencio” sería respetado.
            No se movió. En un palmo de terreno cuatro veces giró repitiendo el toque en sus cuatro giros.
            No queríamos que aquello acabase nunca. Explicar lo que sentíamos es inenarrable. Aún hoy al recordarlo, me mueve el alma.
            Nos dejó tan “suaves”, que cuando terminó caminamos sumisos y en silencio para dormir.

            Por la mañana me enteré, que los Jefes habían perdonado el atrevimiento de Carmelo al utilizar su trompeta. Todos nos alegramos y le agradecimos el momento sublime que nos hizo pasar.

La mañana fue muy ajetreada. En el puerto tuvimos que esperar la subida de la marea para que el “Conde Venedetto” entrara.
            Cuando lo hizo, bajó la enorme puerta que cerraba sus inmensas bodegas y penetramos en su “vientre” con los vehículos en marcha. Uno tras otro.
            Los marineros muy simpáticos se encargaron de amarrarlos en los cepos para inmovilizarlos.
        Más tarde nos requisaron el armamento y quedamos rebajados de todos los servicios.

            Con los brazos apoyados en la borda y la vista vuelta atrás. Centenares de ojos humedecidos por la brisa y la emoción, despedían para siempre aquel territorio árido...
            ¡Atrás dejábamos! ¡La última Colonia!

 

Salvador Roncero Marín